sábado, 7 de mayo de 2011

La ambición

-Espero que nadie se sienta ofendido. Y si alguien se da por aludido, que lo tome constructivamente-


A menudo suele pasar que no sabemos apreciar lo que tenemos. El ser humano es muy ambicioso, siempre deseando superar las expectativas... Hay quienes están vivos y desearían estar muertos, incluso por alguna estupidez de adolescente enamoradizo, y hay enfermos que querrían vivir un par de años más, tal vez llegar a conocer el amor, formar una familia... ser feliz; hay quien se queja de lo cansado que está y hay quien desearía poder cansarse, correr, vivir sin ataduras, sin ayuda ni apoyos... etc, etc.
Sabes, todo el mundo se enamora tarde o temprano, digan lo que digan -si te dice alguien que jamás sintió tal cosa por alguien: miente. De hecho, probablemente esté enamorado-, pero no siempre se es correspondido. En cambio hay quien, estando enamorado, decide ser libre y volar por el jardín, de flor en flor, diría algún listillo, creyendo tener un poder, un control sobre algo, hasta que se cansan y van a por la más bella (de sobra se sabe que la más bella siempre es la que nosotros vemos como tal, nuestro amor verdadero -o al menos eso nos parecerá de momento-, pues es nuestro "corazón" quien nos guía y no nuestros ojos, que enferman y se obsesionan) y hay gente que no es correspondida y desearía poder elegir ser libre o estar con "la flor", fuente de su felicidad, por siempre, o tan siquiera poder acercarse y olerla, sentir su aroma penetrar en el fondo de su alma, la caricia de sus pétalos..

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Si tan solo el rico se parara a pensar en lo desdichados que son los pobres. Si tan solo el enamorado correspondido pensara en cuanto sufren los demás..


Yo, como enamorado, y no huyo de ello, no correspondido, que desea poder elegir ser libre y visitar de vez en cuando alguna que otra flor, con el fin de sentirme libre y librarme de ciertas ataduras, les digo, a todos y todas, que el buen momento, el ideal y perfecto, no tiene por qué ser el que uno elija y anote en su agenda, ni siquiera uno que esperemos y en el cual depositemos esperanzas e ilusiones, sino que puede ser ahora, y ahora, y ahora, y ahora, y ahora... porque cada segundo cuenta, y no sabes cuando "la flor" marchitará. Yo, al menos, no me lo pensaría dos veces.



Luego, por supuesto, hay otros casos, aún más odiosos y que yo desprecio con mayor fuerza. No sabría cómo decíroslo, pero... ¿no creéis que si dos de quieren, se gustan, hay incluso amor aunque sea por parte de uno, ambos deberían intentar ser felices, y no lanzarse al fracaso por una indecisión, un interrogante, una disputa, una infidelidad cuando aún no la juraron, un desliz, un amigo o amiga, o cualquier otra cosa? Sinceramente, si tuviera la oportunidad de estar con mi flor querida, jamás lo dudaría: no tendría una segunda oportunidad, esa que algunos dichosos inútiles tienen, ni una tercera, esa que ya no los inútiles dichosos, sino los imbéciles rematados que tienen la gran suerte, ni cuarta, ni quinta... porque cogería el primer billete de ida, porque no abandonaría el andén por miedo, ni cogería otro tren.

martes, 3 de mayo de 2011

Alzheimer

Oigo el silencio. Una leve brisa en la nuca: la ventana está abierta, de par en par. El ruido de las miles de hojas y de las ramas, chocando unas con otras sin cesar, a merced del viento, y el del hierro oxidado de un viejo columpio abandonado, ya sin niños para jugar, reír y llorar, se oye por detrás, incitándonos a tener miedo, como si de una película de terror se tratara y tuviéramos que ir y cruzar la espesa niebla, mientras la lluvia cae sobre nosotros, y llamar a gritos a alguien sabiendo que vamos a morir tarde o temprano, y que jamás le encontraremos, aunque guardemos la esperanza hasta el final. Pero nosotros estamos quietos, en silencio, procurando no hacer ruido, aguantando la respiración y las ganas de toser. Nuestros ojos se cruzan, buscando una respuesta o algo que decir. Finalmente bajamos la mirada y pasamos a la siguiente foto, dejando la otra atrás, en el cajón, donde las demás, con el entusiasmo de ver algo nuevo, viejo, a flor de piel.

-Esa no se quien es.
-Soy yo.
-Tú no se quién eres.

Volvemos a sentir el silencio... y entonces empieza a llorar. Una a una las gotas rocían su rostro, dulce y suavemente, dejándole un sabor amargo en la boca. Los ojos se tornan rojos, y sale de la habitación de forma paulatina.
Me duelen las rodillas. Necesito cambiar de postura, pero no lo hago. Me encuentro inmóvil, mirando la foto, tratando de comprender por qué... por qué... cómo puede llegar alguien a un estado así, perder la cabeza, olvidar tantas cosas, y cada vez más, no reconocer ni tiempo ni lugar ni personas, dejar atrás una historia, borrarla de la mente, aunque sea algo que muchas veces hayamos deseado, a pesar de que el mundo sigue girando y los demás seguimos insistiendo, impulsados por el mismo vacío y la misma oscuridad... y entonces lo entendí: el Alzheimer no es olvidar a una hija, ni dejar de reconocer lugares o personas, sino perder a una madre... Ser la hija de nadie, de alguien cuyo cuerpo está presente, pero cuya mente se esfuma lenta y dolorosamente, sin cesar, con pausas lúcidas... hasta que no queda nada... hasta que el dolor pasa a ser paz.

miércoles, 27 de abril de 2011

Falsa redención

Y mi mano voló sobre la suya, para detenerse nuevamente entre sus dedos y sentir lo que no imaginaría sentir: sus carnes. Ella, tan dulce y sencilla, con esos brazos redonditos, blandos, suaves, por donde corren sus venas, el latir de su corazón... Es el alma lo que se me escapa, es su sangre, son las caricias de los sueños, su rostro en la profunda y tenebrosa oscuridad, el sonido de una lluvia que soy incapaz de ver, pero que sin embargo siento a cada gota en mis hombros, que cada día me son más pesados, culpa de una carga insoportable, de un sueño inacabable, de una pesadilla donde el único ser en pie soy yo, y los demás, empujados por un ente divino, llevados por el agua torrencial del río, a merced del viento y de las nubes, que los llevarán a cualquier parte menos a esta, donde yo habito, donde mi pena muere cada día un poquito más, hasta que no quede nada y no haga más que ceder a la luz, a ver la verdad, a contemplar el rastro que deja al marcharse por la misma puerta por la que mis deseos entraron... Entonces comprendo que la puerta de la vida es la misma que la de la muerte y que no venimos al mundo para algo en concreto, sino para para cruzarla, y para ver como la cruzan; que la vida no es la luz, sino la oscuridad, y que por ello mismo se dice que vemos la luz al final del túnel: la vida no es más que un oscuro, húmedo y tenebroso túnel que todos habremos cruzado cuando nos demos cuenta de que es hora de irse, de que ya nada nos retiene aquí, de que hemos muerto y ya no volveremos a sentir el aire entrar en nuestros pulmones, ni a ella entrar por aquella puerta. Pero soy feliz. Soy feliz porque al menos por un instante, por unos míseros minutos, he estado a su lado y he sabido qué se siente, qué es el amor, qué es ser correspondido. Y aunque todo eso sea una falsa redención, yo sé que nunca es lo que pudo haber sido, y con eso me basta para sentir de nuevo lo que sí ha sido, y no llorar más por los sueños.

lunes, 25 de abril de 2011

La vida


Esta vida es corta, lo habrás oído ya muchas veces, pero es que es cierto. No nos damos cuenta pero llegará el día en el que nos cuestionemos si hemos aprovechado el tiempo lo mejor que hemos podido, o lo único que hemos estado haciendo ha sido tirar por los suelos cada rato de ésta nuestra vida que se nos ha ofrecido por misterios de la naturaleza. Y para no llegar a ese punto de arrepentimiento en caso de llevarnos una decepción, hay que actuar.
Esta vida es como si alguien o algo, el alma de las almas, nos liberara y nos dejara encima de un papel –no diré ningún tipo de papel, pues éste ya nos condicionaría en color, forma, resistencia, tamaño, finalidad... “calidad” incluirían algunos- totalmente vacío. Al principio no sabemos muy bien de qué va la cosa y hacemos lo que nos da la gana hacer. Pero poco a poco vamos creciendo, y nos damos cuenta de que a nuestro alrededor existen cosas: hay árboles, casas, otros monstruitos como nosotros, una mamá y un papá, etc., y entre todas estas cosas vemos que al lado del papel hay un bolígrafo, escritura del cual no podrá hacerse desaparecer ni con el mejor de los borradores, y comenzamos a hacer pequeños dibujos sobre el papel, inconscientes, creyendo que no tiene mayor importancia, que da igual si dibujamos un demonio o un ángel, que lo importante es que sea divertido.
Más tarde, y conforme van pasando los años y las experiencias vividas, nos damos cuenta de que el papel y el bolígrafo son algo más de lo que a simple vista contemplamos hace años, que los dibujos son nuestra vida: si te fijas y buscas encontrarás corazones, tantos como amores, que hay caras sonrientes, tantas como ratos buenos, y que hay caras tristes. Entonces nos damos cuenta de que cada noche dibujamos sin querer algo nuevo, algo que ocupa una minúscula porción del papel, y que el espacio que nos queda en él se va reduciendo cada vez más. Es entonces cuando hay que actuar.
A partir de ese momento deberemos reflexionar sobre lo que queremos ver dibujado en ese papel. Nada ni nadie debería, en un principio, hacer de ésta tarea reflexiva algo imposible: si los acontecimientos te superan y tratan de chafar otros recuerdos bonitos, si el demonio pretende borrar al ángel, si el corazón roto consume poco a poco las caras sonrientes... nosotros, como dueños del bolígrafo y el papel, debemos encararnos a ellos y pretender ser más grandes. Serlo. Pisotearlos.
Hay gente que dice que la vida es un castigo, otros dicen que es una bendición. Yo sinceramente opino que solo podremos discernir cuando, en nuestro lecho de muerte, observemos nuestro papel, porque solo entonces conoceremos la posición de la balanza, y con ella, la respuesta.

lunes, 18 de abril de 2011

Anhelo en Día 103


"Ojalá se pudiera captar sentimientos, de igual modo que se hace una fotografía para el recuerdo y un vídeo, que no es más que miles de fotos juntas, y poder reproducirlos cuando lo anheláramos, porque una fotografía te puede hacer recordar un sentimiento hacia alguien, simplemente con ver la ropa, su color, el pelo, el lugar... y un vídeo puede incluso hacerte ver y oír la más bonita de las sonrisas y la más tierna de las miradas, pero ¿qué hay de esos momentos que tan solo existen en la memoria? Esos se van olvidando, y lo primero que el olvido se lleva es el sentimiento: puedes seguir recordando al cabo de muchos años ese momento especial en el que te cogieron la mano justo en el momento en el que te miraba y resoplaba, como queriendo pero no pudiendo; puedes recordar el momento en el que te armas de valor para decirle lo que sientes a alguien; puedes incluso recordar tu primer beso... pero, ¿puedes recordar lo que sentías, todos esos pensamientos que cruzan tu mente en una fracción de segundo, en ese preciso instante, y que luego más tarde desearías haber dicho o hecho? Yo al menos no.
Los únicos sentimientos que me quedan son el recíproco existente, ese que jamás se extinguirá, o al menos eso espero, y ese cosquilleo en el estómago que te quita la respiración de golpe, ese que nace cuando, por sorpresa, te encuentras con "esa persona especial" y se acelera el corazón, sientes como quiere escapar, salir corriendo, hacia la persona o en dirección contraria... y sabéis, antes era emocionante sentirlo, pero ahora ya no. Lo odio. No lo quiero. Y aún así, lo vivo todos los días. En cada risa, cada mirada, cada vez que levanto la cabeza o doblo una esquina, cuando nos cruzamos, con el eco de un nombre... ¿Por qué cuando queremos olvidar algo o a alguien, todo cobra su nombre? ¿Por qué no puede desaparecer sin más?"
El 13 de febrero dije...
Me encuentro solo, aquí, de nuevo, escribiendo, dudando a cada instante cuál fue el origen de todo esto y por qué tuvo que acabar así. Ya no siento nada. Ni odio ni amor. ¿Para qué seguir así entonces? No recuerdo que sentí, si rabia, dolor, complicidad o ganas de morir, pero sí recuerdo que lo hice, que pasó y que me lo dije bien claro, me lo hice prometer: "Nunca más." Y eso es lo que voy a seguir haciendo, aunque no sepa ya por qué...
Hoy diría, que a pesar de que se diga que lo perecedero no puede volver a la vida, yo creo que hay cosas que sí pueden: un sentimiento, por ejemplo, como el que aquí, en mi mente, y no en mi corazón, habita y habitará -espero- no por mucho tiempo más.
Día 103